junio 05, 2013

Watchmen - Alan Moore y Dave Gibbons

Comencé a leer a Alan Moore recientemente. He podido leer V for Vendetta y poco antes del estreno de la película, precisamente, pude terminar Watchmen. Me he llevado una grata sorpresa y me he vuelto un fan indiscutible del cuasi místico Alan Moore. La novela gráfica rompe en definitiva con el concepto moderno del superhéroe y da un giro innovador al rol del supervillano.

Describo de forma sucinta el universo de Watchmen: en este mundo, los superhéroes están prohibidos legalmente. Sus funciones han sido transferidas a la policía. Pero ellos no lo llevan nada bien. Uno de ellos se resiste a la jubilación forzada y mata a un violador para demostrar su compromiso con la ley y el orden. Otro se vuelve mercenario en Vietnam. Un tercero trabaja para el gobierno como arma secreta contra los rusos. Y otro invierte su dinero e imagen en una empresa de cursos de superación personal por correspondencia.

Esta historieta no sólo revolucionó el concepto de los superhéroes en los años ochenta, sino que sorprende por su clarividencia acerca del mundo de hoy en día. Me resultó difícil no pensar, en las escenas finales en las que predomina Ozymandias, en el 11 de septiembre norteamericano. Pienso que no fui el único que se estremeció. Hasta antes de Moore, los superhéroes eran buenos y la bondad era una institución monolítica muy bien organizada: el capitán América atacaba a los nazis, Batman se ocupaba de los delincuentes y Superman conjuraba las amenazas intergalácticas. 

En la historieta de Moore, en cambio, los superhéroes siguen siendo poderosos, a veces sobrenaturales, pero empiezan a ser moralmente humanos: uno de ellos es alcohólico, otro es un extremista de derecha desquiciado (que lanza perros ensangrentados y muertos a los criminales), uno comete una violación, otra es lesbiana (y por cierto, como es la década Reagan, sólo a ésta la expulsan del grupo por razones de imagen). O sea, son como la gente. Peor aún: como sería la gente si tuviera superpoderes.

En la Arcadia de los héroes de cómic, nada volvió a ser lo mismo desde Watchmen: pronto llegaron los X men y sus conflictos existenciales de minoría marginal, y tras la hecatombe nuclear surgió en Oriente el arte del anime, cuyos personajes son modelos del superhéroe concebido por Moore. Hoy en día se puede percibir que incluso los superhéroes tradicionales están divididos políticamente.

En la gran convención de la industria del cómic, el Capitán América defiende las libertades y el Hombre de Hierro propone recortarlas en nombre de la seguridad nacional. El Hombre Araña aún no ha tomado una posición. Sin embargo, como la novela gráfica de Moore expone, el mundo ya no es ese planeta en blanco y negro en el que crecieron los héroes panfletarios del siglo XX.

Graham Greene escribió una vez: “Antes o después hay que tomar partido, si hemos de seguir siendo humanos”. En nuestro universo prenuclear, los superhéroes tienen la ventaja de no serlo. Algunos, como el Doctor Manhattan de Watchmen, incluso pueden darse el lujo de decir: “Los asuntos de los humanos no me incumben. Me voy de esta galaxia a otra menos complicada”. Qué envidia, ¿no?


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